Ver link:
http://materialesdecatedra.googlepages.com/svazquezsobrePashukanis.pdf
___________________
Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas
viernes, 9 de enero de 2009
La ideología de la "neutralidad ideológica" en las ciencias sociales- Ensayos marxistas sobre filosofía e ideología, por Adolfo Sánchez Vázquez.
Ver link (archivo en PDF):
http://materialesdecatedra.googlepages.com/sanchezvazquez_ideologia.pdf
__________________________________
http://materialesdecatedra.googlepages.com/sanchezvazquez_ideologia.pdf
__________________________________
LA ESTRUCTURA DE LAS IDEOLOGÍAS
por Gonzalo Puente Ojea.
[...] Todas las clases sociales, en una situación histórica dada, participan de la ideología dominante, aunque desde intereses opuestos y mentalidades diferentes. Lo que denomino horizonte utópico de la ideología es compartido tanto por las clases dominantes como por las clases dominadas, si bien para las primeras ese horizonte funciona como referencia legitimadora de unos privilegios, mientras que para las segundas opera como explicación de su actual condición subordinada y, a la vez, como garantía de la expectativa de una satisfacción final de aspiraciones insatisfechas en el presente. Sin un contexto utópico, la conciencia de las clases dominantes acusaría una debilidad congénita que las tornaría psicológica y políticamente muy vulnerables. Sólo ese contexto les permite mecerse en ilusiones capaces de velar eficazmente para sí mismas el verdadero carácter de su dominación. Igualmente, la conciencia de las clases explotadas carecería, sin ese horizonte utópico, de los mecanismos alienatorios indispensables para su integración consensual —incluso si es mínima— en el orden vigente. No es cierto que en cada situación histórica considerada como un orden social dado, las clases dominantes y las clases dominadas se confinen en esquemas mentales irreductibles y mutuamente excluyentes [...]
[...] Las formaciones ideológicas en general constituyen totalidades orgánicas complejas, integradas por dimensiones y perspectivas frecuentemente dispares —incluso incoherentes— desde el punto de vista de un intento de construcción lógica abstracta. Esas dimensiones y perspectivas, aunque subsumidas en modelos teóricos más o menos racionales y formalizados, jamás alcanzan el grado de coherencia interna y de consecuencia lógica característico de los modelos abstractos que construye la lógica formal de ciertas disciplinas científicas. En el cuerpo de todo gran sistema ideológico pueden siempre detectarse dos sectores relativamente autónomos, aunque se presenten íntimamente fundidos en la totalidad del sistema: a) las formulaciones que tematizan teóricamente y reflejan directamente las situaciones reales de dominación que constituyen la estructura económica, social y política de la sociedad correspondiente; b) las formulaciones que pretenden, de modo preferentemente axiomático, validar o legitimar los enunciados de a), en cuanto que estos últimos representan simples aserciones que expresan discursivamente —en forma legal, retórica, etc.— el sentido de las situaciones sociales reales en función de los intereses de la clase dominante.
Ahora bien, las formulaciones de b) son, en general, proposiciones axiológicas formuladas de modo axiomático que funcionan en el seno de las ideologías como el horizonte utópico de éstas; es decir, como su discurso legitimador, su point d’honneur, en el contexto de opciones éticas que aspiran a obtener el consensus general en la sociedad en cuestión. Lo que importa es advertir que dicho horizonte utópico cumple en todo sistema ideológico una doble función: de una parte, pretende integrar la enunciación teórica de las situaciones sociales reales —situaciones de dominación y dependencia— en un contexto ético convalidante, aunque la relación de consecuencia lógica de aquella enunciación respecto de este contexto no sólo no resulte patente, sino que venga a manifestarse como paradójica —y aun contradictoria; de otra parte, intenta elevar a la condición de postulados indispensables aquellas opciones axiológicas que expresan, en el seno de la sociedad correspondiente, los presuntos intereses sociales generales o comunes —es decir, aquellos intereses abstractos e inocentes de todo individuo qua individuo, o de todos los miembros, sin discriminación, que ostenten las notas de pertenencia al grupo étnico o social de que se trate—, al margen de la situación de clase en que cada uno se encuentre. Esta presunta generalización axiológica de los intereses sociales abstractos e inocentes —que en toda sociedad de clases son el producto de una ficción teórica— desempeña el papel fundamental que consiste en sustituir ilusoriamente la satisfacción real de las necesidades e intereses concretos de las clases negativamente discriminadas —clases explotadas— por una retórica sancionadora de los valores que tiende a consagrar el consensus social, y por una concepción del mundo de carácter fantástico o mítico que brinda satisfacciones vicarias de las verdaderas necesidades.
Sin la formalización teórica de un horizonte utópico en el que se inscribe toda ideología, la función de las formas ideológicas resultaría constitutivamente imposible, pues la esencia de su definición consiste en el enmascaramiento: la función de oscurecer o velar el significado real de las situaciones sociales, en virtud de enunciados intelectuales que reflejan y disimulan, a la vez, dichas situaciones. El conjunto de esos enunciados o aserciones —que traducen adecuadamente los intereses de la clase dominante— se manifiesta en el contexto de referencias legitimadoras generales que tienden a neutralizar, por la vía del discurso, los rigores de la realidad social efectiva, ocultando a las clases explotadas las condiciones de su verdadera situación. Este discurso entraña un proceso inconsciente y constante de manipulación de los diversos enunciados, de índole frecuentemente paralógica o sofística, y se apoya siempre —más o menos— en supuestos arbitrarios incompatibles con la realidad objetiva. El consensus social así logrado se basa sobre unos supuestos que suplantan y consagran simultáneamente las opciones reales de valor tal como aparecen plasmadas en el orden institucional vigente. La función de las ideologías en cuanto proyección de intereses de clase adopta con frecuencia una apariencia desorientadora, pues el horizonte utópico que toda ideología asume como su point d’honneur, como su coartada moral, suele ofrecer una axiología que puede pasar engañosamente por defensa de los intereses correspondientes a la masa explotada. Para aislar eventualmente el sentido real de la función ideológica, puede emplearse el conocido argumento cui prodest?, que emplea la jurisprudencia. En efecto, si el horizonte utópico de una ideología postula, por ejemplo, principios de concordia universal, de justicia distributiva en el seno del orden público vigente, de libertad sin violencia, de equidad en la fraternidad humana, de fiel cumplimiento del deber de cada uno como vía para la sociedad justa, de benevolencia universal, etc. —y, sobre todo, si habla de ideales y niega la existencia de ideologías— entonces se está en presencia de una racionalización ética del status quo económico y social, de una retórica que, en fórmulas de filantropía universal, enmascara la protección del orden de dominación existente. Igualmente, toda ideología que condena radicalmente la violencia apoyándose en presuntos axiomas éticos —derecho a la vida, igualdad en la libertad, etc.— tiende a eliminar de la definición de violencia todas las situaciones de lo que se ha denominado acertadamente violencia institucionalizada. En todos estos casos, la interrogación ¿a quién se favorece? nos devela fácilmente cuál es la clase social que utiliza ese horizonte utópico para encubrir una temática ideológica institucional que consagra su posición de dominación.
La función enmascaradora de las ideologías se manifiesta, como ya se ha visto, en los fenómenos de inversión, consistentes en una lectura de la realidad según esquemas ideales; es decir, en interpretar situaciones conflictivas como situaciones armónicas, etcétera. Precisamente estos fenómenos de inversión son los que permiten alojar las aserciones ideológicas de la realidad dentro del horizonte utópico, sin el cual las ideologías serían imposibles en términos de su propia definición. Este horizonte se designa como utópico porque no halla la menor posibilidad de realizarse en la sociedad correspondiente, y porque se limita a otorgar a la ideología que lo mediatiza una respetabilidad ideal indispensable para su propia existencia práctica. Pero esa connotación utópica del horizonte que circunscribe la temática ideológica concreta no es representada como tal por los exponentes de la ideología, sino como el universo de valores que inspira legitima esta temática concreta, pues la temática de las situaciones sociales reales se postula teóricamente como una encarnación o proyección de dicho horizonte. Esta función legitimadora de las ideologías comporta la doble virtualidad funcional de enmascarar las contradicciones del sistema y de resistir a todo proyecto de cambio estructural. En la existencia de un horizonte utópico que se exhibe como no-utópico radica justamente la diferencia esencial entre el concepto de utopía que se utiliza en este estudio y el concepto tal como lo define Mannheim. Mientras que para éste la utopía afirma los valores que la ideología vigente niega, definiéndose ambas por exclusión entre sí, en el presente estudio la utopía aparece en el horizonte de toda ideología en cuanto versión plena de los valores que ésta dice postular. Aunque la pretensión de fidelidad a ese horizonte es puramente verbal en la práctica ideológica —y resulta desmentida en el mundo de los hechos sociales—, la existencia del consensus en toda sociedad sería inconcebible si se perdiera de vista esa estructura dual de las ideologías, articuladas siempre en dos niveles: el horizonte utópico y la temática ideológica concreta, ambos en permanente tensión entre sí, pero representados por los mentores ideológicos de la sociedad en cuestión como complementarios y coherentes —el uno fundamenta axiológicamente la cristalización institucional en que consiste el otro. Es así constitutivo de toda ideología asumir un horizonte utópico en el que se integra y convalida el conjunto de sus formulaciones, de tal manera que las situaciones de dominación y dependencia puedan insertarse, con un grado mayor o menor de verosimilitud, en un contexto axiológico ilusoriamente aceptable para las clases negativamente discriminadas en cuanto víctimas de los procesos de alienación de la conciencia, sin los cuales la explotación no es posible a largo plazo.
Para ilustrar someramente esta naturaleza peculiar de las ideologías, basta pensar en el contraste entre la trilogía axiológica de la revolución burguesa —libertad, igualdad, fraternidad—, que funcionaba como horizonte utópico, y las relaciones de explotación que instauró efectivamente en el plano de la temática concreta —propiedad privada de los instrumentos de producción, trabajo asalariado, extorsión de la plusvalía, democracia formal de ciudadanos económicamente desiguales, etc. Pero aunque la antítesis final entre aquel horizonte y esta temática es manifiesta, hilos invisibles vinculan ambos niveles mediante los conocidos procesos de enmascaramiento e inversión, confiriendo a la ideología burguesa una notable eficacia para cimentar un consensus social de innegable solidez durante un largo período histórico. Basta pensar también en la antítesis entre los supuestos axiológicos del estoicismo —la kosmopolis de ciudadanos libres e iguales— y las estructuras de dominación de la sociedad esclavista. O en la ética del cristianismo —la moral del amor entre los hijos de Dios, iguales y libres— frente a las sucesivas estructuras de explotación asentadas sobre aquella ética. Sin el respectivo contexto utópico, dichos sistemas ideológicos hubieran resultado sencillamente inviables.
Conviene recordar que en el contexto ideológico de toda sociedad existen siempre, al lado de la ideología principal, subideologías y contraideologías; las primeras, tematizando sectores particulares del sistema ideológico dominante que no habían recibido la debida atención o que habían quedado relegados en el curso de la ordenación jerárquica de los intereses dominantes; las segundas, intentando realizar efectivamente los contenidos del horizonte utópico que sólo cumplen en el seno de la ideología dominante una función retórica y enmascaradora, base de las formas vicarias de satisfacción psicológica de las clases explotadas. Las contraideologías, al mismo tiempo que hunden sus raíces en el sector utópico de la ideología dominante, tienden a alejarse paulatinamente de esta última y a denunciar su insinceridad radical. Pero sólo cuando una de esas contraideologías es la proyección de intereses de una clase ascendente con conciencia de su fuerza y capacidad de poner en cuestión las relaciones de producción vigentes, sólo entonces adquiere el rango de ideología revolucionaria en sentido propio: se trata entonces de una ideología concurrente, y no del mero producto mental de sectores o grupos insularizados y sin vigor para poner en peligro el consensus general sustentado por la ideología dominante. Una ideología revolucionaria es la ideología de una clase favorecida por el desarrollo de las fuerzas productivas, o al menos estimulada por la dialéctica de las fuerzas reales en una situación histórica determinada [...] Esa clase suele caracterizarse por la conciencia de su propio poder y de su capacidad de construir un modelo de organización que niegue y sustituya al modelo vigente —aunque a esa conciencia no correspondan posibilidades objetivas para la realización de dichas metas. La ideología revolucionaria no se limita a denunciar la insinceridad de la ideología dominante, ni a asumir sin discusión su horizonte utópico, sino que inicia la crítica radical de los fundamentos especulativos de ese horizonte y de las contradicciones a que conduce en sus pretensiones de realización práctica. Tampoco se propone desenmascarar la ideología dominante en un sentido absoluto —qua ideología—, pues esta tarea corresponde sólo al nivel histórico del modo de producción del capitalismo industrial moderno —que produce el proletariado como anticlase radical y cancelador de la ilusión ideológica—, sino la misión más modesta de desmontar teórica y prácticamente los mecanismos sociales instituidos, mostrando su incompatibilidad con los axiomas éticos que pretenden legitimarlos. Al develar la naturaleza de los mecanismos por los que la clase dominante ejerce su señorío y su explotación, evidencia el carácter ilusorio de la retórica ideológica, exhibe sus contradicciones y arruina así los cimientos del consensus vigente.
Ahora bien, las ideologías revolucionarias, una vez triunfantes, construyen, como toda ideología, modelos de explicación intelectual de la realidad que entrañan un nuevo enmascaramiento, pues los intereses de la nueva clase buscan una protección tan efectiva como la que disfrutaban los intereses de la clase suplantada. En la fase de la conquista del poder, la ideología revolucionaria se presenta como un todo coherente en el que predomina intensamente el horizonte utópico de la protesta, quedando apenas esbozada la temática institucional que más tarde ha de consagrar las posiciones de dominación de la clase ascendente. Pero entonces la ideología deja de ser revolucionaria, pues la institucionalización de una revolución de clase es sólo la muralla protectora contra la idea misma de revolución, frente a las clases dominadas. La clase revolucionaria en su fase ascendente sabe que le es indispensable el apoyo activo de las demás clases relegadas por el orden vigente, mediante su movilización en un frente común contra este orden. Así, la formulación de la ideología revolucionaria en la fase de conquista manifiesta una generalidad y ambigüedad suficientes para seducir a múltiples estratos sociales con intereses divergentes pero unidos en su común repudio de las actuales clases dominantes. Sólo cuando la clase ascendente revolucionaria ha triunfado y asumido el poder, comienza la ideología revolucionaria a dejar de serlo y a transformarse en ideología conservadora del nuevo orden social. Se inicia entonces un proceso de polarización —más o menos intenso— entre el horizonte utópico de la ideología —que tiende a preservar el atractivo revolucionario de su alto ideario ético— y la temática concreta —que consagra progresivamente, en el plano de los mores, las instituciones y los códigos jurídicos, las nuevas formas de explotación económica, social y política. La nueva clase usufructuaria de la revolución sólo descubre après coup el sentido de su juego. El horizonte utópico constituye, una vez más, los cimientos del nuevo consensus, pero su energía integradora va debilitándose a medida que una nueva clase ascendente comienza a apuntar en la aurora de nuevos fastos históricos.
[...] Las utopías pueden servir ocasionalmente para expresar simbólicamente la voluntad revolucionaria de ciertos grupos sociales residuales, que justamente, por no integrar una clase social ascendente, sólo son capaces de acciones desesperadas sin futuro [...] Esos grupos sociales juegan un papel muy secundario en la dinámica del cambio de las estructuras socioeconómicas, y su valor principal reside en su condición de síntomas visibles de la erosión del sistema ideológico vigente, y en su carácter testimonial de la pervivencia de ciertas corrientes ideológicas antiguas que quedaron marginadas del proceso histórico. El movimiento subversivo de esos grupos —y el fenómeno de las herejías cristianas es muy ilustrativo a este respecto— refleja el hondo desarraigo de la conciencia de sus miembros, situados en condiciones de absoluta imposibilidad histórica de éxito, toda vez que no suelen moverse en el amplio cauce de una clase social ascendente.
Cuando Marx declaró que cada época se plantea sólo los problemas que puede resolver, expresó elípticamente la irrelevancia de los productos del género Utopía en cuanto categoría histórico-sociológica. Sólo las producciones mentales que reflejan un cierto nivel de la dialéctica histórica intereses-ideas, de un lado, y relaciones de producción-formas de conciencia, del otro, tienen pertinencia social y constituyen instancias efectivas en el proceso histórico, adquiriendo rango de ideologías en cuanto factores básicos de la situación —tanto para su estabilidad como para su cambio. Los portadores de las ideologías, al contrario de lo que sucede con las abstracciones de los utopistas, son las clases sociales; por lo cual, las ideologías son las formas mentales que aparecen en la escena del movimiento real de la historia en cuanto historia material de los hombres.
Las ideologías revolucionarias, que emergen por lo general como exponentes del conflicto de una clase ascendente con una clase dominante, pueden limitarse eventualmente a reflejar la oposición a una situación de dominación externa, es decir, la dominación de un pueblo por otro en términos que se manifiestan como insufribles para el pueblo dominado. Este fenómeno de dominación ab extra es el que caracteriza la situación de dependencia colonial o dominación imperialista, en virtud de la cual una comunidad o grupo étnico con conciencia nacional es sojuzgado por un poder extranjero. Se trata de un fenómeno específico en el ámbito del análisis ideológico. En estas situaciones, la totalidad del pueblo dominado tiende a afirmar —sin perjuicio de la peculiar dinámica de clases en su entorno propio— el interés colectivo por su emancipación y a producir una ideología revolucionaria nacional. Esta ideología, no obstante, tiende a amalgamar los intereses colectivos del pueblo o comunidad étnica, en cuanto tales, con los intereses de clase de los estratos sociales ascendentes del pueblo dominado. Las formas en que se combina el factor nacional y el factor social son múltiples y dependen de la coyuntura histórica en que se sitúe el fenómeno emancipatorio. Un caso especial de este tipo de ideologías es el movimiento mesiánico en la Palestina anterior al año 70 d.C. En nuestros días, este fenómeno ha tenido una rica floración en los movimientos anticolonialistas y antiimperialistas de carácter nacional.
Finalmente, adviértase que la interpretación de las ideologías que se propone en este estudio —en cuanto sistemas ideológicos inscritos en horizontes utópicos— permite comprender el progreso en la historia, pues el tránsito de la formación ideológica dominante hasta la subsiguiente se efectúa fundamentalmente a partir de la denuncia de la contradicción entre el horizonte utópico y la temática concreta en el seno de esa ideología dominante. Aunque los factores reales del cambio son, por supuesto, las contradicciones que generan las nuevas fuerzas productivas surgidas en el marco de las relaciones de producción establecidas, la cristalización ideológica de dichas fuerzas toma generalmente la forma de esa denuncia, en cuanto que es posible patentizar la inconsecuencia lógica entre el horizonte utópico y las situaciones reales de explotación. La clase ascendente comienza tomando pie en los axiomas éticos que pregona la clase dominante, y acaba develando el carácter ilusorio de la visión del mundo en que pretenden enraizarse dichos axiomas. Es decir, la radicalización de ese horizonte utópico no sólo destruye la pretensión de fundar en él el orden institucional establecido, sino que transforma el horizonte mismo en sus raíces esenciales, sustituyendo la Weltsanchauung tradicional por otra superior, propia de la nueva clase. El horizonte utópico de la ideología declinante es, así, la bisagra sobre la que gira el proceso del cambio histórico, desde el punto de vista de las ideologías. La intelección del tiempo como progreso no debe tomarse como un postulado del progresismo moral, sino como el resultado de la aplicación de los principios del materialismo histórico.
Gonzalo Puente Ojea, La formación del cristianismo como fenómeno ideológico (1974)
Fuente: http://www.lahidrademilcabezas.com.ar/Documentos.htm
domingo, 9 de marzo de 2008
SOBRE MERCADOS Y UTOPÍAS: LA VICTORIA IDEOLÓGICO-CULTURAL DEL NEOLIBERALISMO- Atilio Borón.
Fuente: Rebelión http://www.rebelion.org/21-08-2001
Para nadie es un misterio que esta época tan especial, en la cual el capitalismo ha experimentado una restructuración regresiva a escala planetaria, se encuentra dominada por una ideología: el neoliberalismo. Éste se ha convertido en el sentido común de nuestro tiempo, si bien es cierto que su penetración e importancia práctica se distribuye de manera sumamente desigual según países y regiones. Así como en el pasado aún los líderes más despóticos y autoritarios no dejaban de exhaltar el valor de la democracia y de asegurar que los regímenes que presidían eran auténticas expresiones de la misma, en nuestro tiempo los gobernantes parecen competir en un concurso para ver quien declara con más ahinco su adhesión a los principios del "libre mercado." Tanto antes como ahora esas expresiones tienen poco que ver con la realidad y, en el caso particular de los mercados competitivos la retórica del neoliberalismo excede con creces la realidad objetiva de los mismos. Hay mucho menos mercado de lo que se dice, tal vez por aquello que oportunamente recordara John Williamson en un afamado paper al decir que "Washington no siempre practica lo que predica", y a lo cual podríamos agregar que no sólo Washington sino que tampoco Bonn, Paris, Londres y Tokio parecen demasiado preocupados por el llamativo contraste entre la hueca retórica neoliberal utilizada en sus exhortaciones a terceros países -¿pagando un lip service al Banco Mundial, al FMI y a la Casa Blanca?- y el curso concreto de sus políticas económicas. Pese a sus reclamos en favor de la propuesta neoliberal, los capitalismos desarrollados continúan teniendo estados grandes y ricos; muchísimas regulaciones que "organizan" el funcionamiento de los mercados; recaudando muchos impuestos; promoviendo formas encubiertas y sutiles de proteccionismo y subsidios y conviviendo con déficit fiscales sumamente elevados.Si se observa la experiencia de los países "reformados" según los preceptos del Consenso de Washington - América Latina, Europa Oriental y Rusia- se advierte que el triunfo del neoliberalismo ha sido más ideológico y cultural que económico. Esta victoria se asienta sobre una derrota epocal de las fuerzas populares y las tendencias más profundas de la restructuración capitalista, y se manifiesta a lo largo de cuatro dimensiones:(a) la avasalladora tendencia a la mercantilización de derechos y prerrogativas conquistados por las clases populares a lo largo de más de un siglo de lucha, convertidos ahora en "bienes" o "servicios" adquiribles en el mercado. La salud, la educación y la seguridad social, por ejemplo, dejaron de ser componentes inalienables de los derechos ciudadanos y se convirtieron en simples mercancías intercambiadas entre "proveedores" y compradores al margen de toda estipulación política. Y, algo de particular interés para muchos de nosotros, el medio ambiente también ha sufrido un acelerado y gravísimo proceso de mercantilización que no sólo pone en cuestión la injusticia e inequidad de un orden económico como el capitalista sino que deteriora radicalmente la sustentabilidad misma de la vida en el planeta.(b) el desplazamiento del equilibrio entre mercados y estado, un fenómeno objetivo que fue reforzado por una impresionante ofensiva en el terreno ideológico que "satanizó" al estado mientras se exhaltaban las virtudes de los mercados. Cualquier tentativa de revertir esta situación no sólo deberá enfrentar a los factores estructurales sino que, al mismo tiempo, tendrá que vérselas con potentes definiciones culturales sólidamente arraigadas en la población que asocian lo estatal con lo malo e ineficiente y los mercados con lo bueno y eficiente;(c) la creación de un "sentido común" neoliberal, de una nueva sensibilidad y de una nueva mentalidad que han penetrado muy profundamente en el suelo de las creencias populares. Como sabemos, esto no ha sido obra del azar sino el resultado de un proyecto tendiente a "manufacturar un consenso", para utilizar la feliz expresión de Noam Chomsky, y para lo cual se han destinado recursos multimillonarios y toda la tecnología mass-mediática de nuestro tiempo a los efectos de producir un duradero lavado de cerebro que permita la aplicación aceitada de las políticas promovidas por los capitalistas. Este conformismo también se expresa en el terreno más elaborado de las teorías económicas y sociales por aquello que en Francia se denomina "el pensamiento único". Basta comprobar la ausencia de todo debate económico significativo en América Latina para aquilatar los perniciosos alcances de aquél en nuestra región.(d) finalmente, el neoliberalismo cosechó una importantísima victoria en el terreno de la cultura y la ideología al convencer a amplísimos sectores de las sociedades capitalistas -y a la casi totalidad de sus elites políticas- de que no existe otra alternativa. Su éxito en este terreno ha sido rotundo: no sólo impuso su programa sino que, inclusive, cambió a su provecho el sentido de las palabras. El vocablo "reforma", por ejemplo, que antes de la era neoliberal tenía una connotación positiva y progresista -y que fiel a una concepción iluminista remitía a transformaciones sociales y económicas orientadas hacia una sociedad más igualitaria, democrática y humana- fue apropiado y "reconvertido" por los ideólogos del neoliberalismo en un significante que alude a procesos y transformaciones sociales de claro signo involutivo y antidemocrático. Las "reformas económicas" puestas en práctica en los años recientes en América Latina son, en realidad, "contra-reformas" orientadas a aumentar la desigualdad económica y social y a vaciar de todo contenido las instituciones democráticas.¿Mercados o naciones?Ahora bien: la soberanía popular que se expresa en un régimen democrático debe necesariamente encarnarse en un estado nacional. Es posible que en el futuro ésto no sea así y que el sistema interestatal ceda su lugar a una nueva configuración política internacional. Pero, mientras tanto, la sede de la democracia continuará siendo el estado-nación. Ahora bien: ¿cuál es el drama de nuestra época? Que los estados, especialmente en la periferia capitalista, han sido concientemente debilitados, cuando no salvajemente desangrados, por las políticas neoliberales a los efectos de favorecer el predominio sin contrapesos de los intereses de las grandes empresas. A resultas de lo anterior aquéllos se convirtieron en verdaderos "tigres de papel" incapaces de disciplinar a los grandes actores económicos y, mucho menos, de velar por la provisión de los bienes públicos que constituyen el núcleo de una concepción de la ciudadanía adecuada a las exigencias de fin de siglo.Una somera indicación de los alcances de este fenómeno se torna evidente a partir de una sencilla operación. Si comparamos las cifras de ventas de algunas de las grandes empresas transnacionales con las correspondientes al producto bruto de los países latinoamericanos en el año 1992 y compilamos una lista unificada de estados y empresas hallaríamos a la cabeza de la misma al Brasil, con un producto bruto de trescientos sesenta mil millones de dólares. Luego vendría México con trescientos veintinueve mil millones y a continuación la Argentina, con doscientos veintiocho mil millones. Luego comienzan a aparecer una serie de "países" muy extraños: General Motors, con ciento treinta y dos mil millones; Exxon, con ciento quince mil millones, Ford, con cien mil millones, Shell, con noventa y seis mil millones, Toyota, IBM, y después aparece Venezuela, con sesenta y un mil millones y al final Bolivia con apenas cinco mil trescientos millones de dólares de producto bruto.¿Qué lecciones se desprenden de un listado tan heterogéneo como éste? Que la capacidad de negociación de nuestros países con estos gigantes de la economía mundial se ha visto menoscabada a lo largo de las últimas décadas. Mientras los estados de la periferia se achicaban y debilitaban al ritmo impuesto por los ajustes neoliberales de los ochentas y los noventas, el rango y el volumen de operaciones de las megacorporaciones se acrecentó extraordinariamente. Como bien lo recuerda el citado informe del UNRISD, entre 1980 y 1992 las ventas de las megacorporaciones crecieron a más del doble, mientras que los estados sufrieron las sangrías ocasionadas por la ortodoxia neoliberal auspiciada por esas mismas empresas. El movimiento de tijeras hizo que los primeros quedasen en una posición cada vez más desventajosa en relación a las segundas. Aquellos estados tienen escasas posibilidades de lidiar con estos nuevos "Leviatanes" de la economía mundial. No se encuentran totalmente inermes, pero las probabilidades de ejercer un control efectivo sobre las grandes empresas son muy limitadas. Esto es particularmente cierto en el caso de países con economías pequeñas: ¿cuáles son los instrumentos con que cuenta un gobierno democrático de Bolivia para negociar con una corporación como la GM, cuya cifra de ventas anuales es veintiséis veces superior a la de su producto bruto? ¿Cómo podrían hacerlo la totalidad de los países del Africa Subsahariana, cuyo producto bruto combinado es levemente superior a las ventas anuales de la General Motors y la Exxon?La realidad es que nuestros estados son hoy mucho más dependientes que antes, agobiados como están por una deuda externa que no cesa de crecer y por una "comunidad financiera internacional" que en la práctica los despoja de su soberanía al dictar las políticas económicas dócilmente implementadas por los gobiernos de la región. La gravedad de este proceso de creciente subordinación de los estados de la periferia a los oligopolios que controlan los mercados mundiales es de tal magnitud que incluso un personaje tan poco propenso a expresar ideas de avanzada, como el Presidente Fernando de la Rúa, reconoció durante el festejo por el Día de la Independencia argentina, el 9 de Julio del 2001, ¡que el país era más dependiente que antes! Pero, por una de esas paradójas de la historia las teorizaciones sobre la dependencia o el imperialismo son desestimadas por los elencos gobernantes y los intelectuales orgánicos del capital como meros anacronismos, precisamente cuando adquieren una vigencia mayor aún de las que tenían en la década de los sesentas. Nuestros países son hoy muchísimo más dependientes de lo que lo eran en los años sesentas. A ésto hay que añadir que las perspectivas de la autodeterminación nacional -un corolario necesario de la soberanía popular- se cierran aún más bajo la égida del neoliberalismo al prevalecer una ideología auto- incriminatoria que so pretexto de la "reforma del estado" lo conduce a su radical debilitamiento y su casi completa destrucción. En consecuencia, la fenomenal desproporción entre estados y megacorporaciones constituye una amenaza formidable al futuro de la democracia en nuestros países. Para enfrentarla es preciso, (a) construir nuevas alianzas sociales que permitan una drástica reorientación de las políticas gubernamentales y, por otro lado, (b) diseñar y poner en marcha esquemas de cooperación e integración supranacional que hagan posible contraponer una renovada fortaleza de los espacios públicos democráticamente constituídos al poderío gigantesco de las empresas transnacionales.Un vicio imperdonable de muchos economistas, producto de la crisis teórica y la asombrosa estrechez de miras que caracteriza a la disciplina en estos días, ha sido el de considerar a los países y a los estados simplemente como mercados. Sin embargo, pese al economicismo dominante, nuestros países son antes que nada naciones y, tan sólo luego, sedes de mercados. En los años del auge petrolero mexicano Carlos Fuentes escribió un memorable artículo en el New York Times con el siguiente título: "¡México no es un pozo de petróleo!" La ideología dominante no por casualidad resignifica a los países convirtiéndolos en grises mercados, todos uniformizados por la dinámica incesante de la oferta y la demanda. Es que el debilitamiento de los estados nacionales facilitado, por un lado, por la extinción práctica de la idea de nación - supuestamente subsumida bajo la corriente "civilizatoria" de la globalización- y, por el otro, por el imperio de las políticas "orientadas hacia el mercado" culmina en la degradación de la nación al rango de un mercado. Además, lo anterior significa aceptar -tal como lo hace el discurso dominante de la economía- que los hombres y las mujeres de la democracia son despojados de su dignidad ciudadana y se convierten en instrumentos, en simples medios, al servicio de los negocios de las empresas. Reducir los significados, el destino y el propósito por el cual vivimos en una sociedad a la mera obtención de una tasa de ganancia nos parece, a la luz de la ética y la teoría política, de una sordidez incalificable, aparte de ser una operación que sella ominosamente el destino de las democracias tan laboriosamente conquistadas en América Latina.La necesaria reivindicación de la utopíaEs preciso recordar y evitar ser abrumados por la ideología dominante. Sumergidos bajo su influencia, e impresionados por la súbita "conversión" de numerosos intelectuales -otrora críticos vehementes del capitalismo- a su credo, grandes segmentos de nuestras sociedades parecen resignados a pensar que el mundo será, de aquí en más, neoliberal hasta el fin de los tiempos. Aunque tardíamente, los mercados se habrían "cobrado su revancha" por tantas décadas de desprecio u hostilidad a manos de socialistas y populistas de todos los colores.Sin embargo, los tiempos del neoliberalismo serán mucho más cortos de lo que se supone. Su "gran promesa" ha quedado penosamente desvirtuada por los hechos: tanto en los capitalismos desarrollados como en la periferia la restructuración neoliberal se hizo a expensas de los pobres y de las clases explotadas. La propiedad de los medios de producción no se "democratizó," las desigualdadedes económicas y sociales no se atenuaron, y la prosperidad no alcanzó a derramarse hacia abajo, como aseguraba reconfortantemente la "teoría del derrame".Las sociedades que el neoliberalismo construyó a lo largo de estos años son peores que las que les precedieron: más divididas y más injustas, y los hombres y mujeres viven bajo renovadas amenazas económicas, laborales, sociales y ecológicas. El grave problema que caracteriza a nuestra época es que mientras el neoliberalismo exhibe evidentes síntomas de agotamiento el modelo de reemplazo todavía no aparece en el horizonte de las sociedades contemporáneas. ¿Por cuánto tiempo habrá de prolongarse esta agonía? No sabemos. Lo que sí sabemos, y nos revitaliza en nuestras luchas, es que "históricamente, el momento de viraje de una ola es una sorpresa", y que el neoliberalismo puede sucumbir mucho antes de lo esperado.Haciendo gala de su talento de historiador Perry Anderson planteó que las fuerzas progresistas debían extraer tres lecciones de las vicisitudes históricas del neoliberalismo. La primera aconsejaba no tener ningún temor a estar absolutamente a contracorriente del consenso político de nuestra época. Hayek y sus cofrades tuvieron el mérito de mantener sus creencias cuando el saber convencional los trataba como excéntricos o locos, y no se arredraron ante la "impopularidad" de sus posturas. Debemos hacer lo mismo, pero evitando un peligro que muchas expresiones de la izquierda no supieron sortear: el autoenclaustramiento sectario, que impide al discurso crítico trascender los límites de la capilla y salir a disputar la hegemonía burguesa en la sociedad civil. La más radical oposición al neoliberalismo será inoperante si no se revisan antiguas y muy arraigadas concepciones de la izquierda en materia de lenguaje, estrategia comunicacional, inserción en las luchas sociales y en el debate ideológico-político dominante, actualización de los proyectos políticos y formas organizacionales, etc. En síntesis: estar a contracorriente no necesariamente significa "darle la espalda" a la sociedad o aislarse de ella.Segundo: el neoliberalismo fue ideológicamente intransigente, y no aceptó ninguna dilución de sus principios. Fueron su "dureza" y su radicalidad los que hicieron posible su sobrevivencia en un clima ideológico-político sumamente hostil a sus propuestas. El compromiso y la moderación sólo hubieran servido para desdibujar por completo los perfiles distintivos de su proyecto, condenándolo a la inoperancia. La izquierda debe tomar nota de esta lección, siendo conciente de que la reafirmación de los principios socialistas no nos exime de la obligación de elaborar una agenda concreta y realista de políticas e iniciativas susceptibles de ser asumidas por gobiernos posneoliberales. Hayek y los suyos tuvieron estas recetas disponibles cuando el keynesianismo daba muestras de agotamiento. Nosotros todavía no la tenemos, pero nada autoriza a pensar que los obstáculos que existen son insuperables. En los treintas fueron muchos los que dijeron que la burguesía había hallado en John M. Keynes "el Marx burgués". Parafraseando esos dichos podría decirse que las fuerzas populares y todo el arco social condenado por los experimentos neoliberales están a la espera de la aparición del "Keynes marxista", capaz de sintetizar la crítica al capitalismo de Karl Marx con un programa concreto de política económica capaz de sacar a nuestras sociedades del marasmo en que se encuentran. La sóla exposición de las lacras y la miseria producidas por el capitalismo no bastará para hallar una salida "por izquierda" a la crisis actual.Tercera lección: no aceptar ninguna institución establecida como inmutable. La práctica histórica demostró que lo que parecía una "locura" en los años cincuenta -crear 40 millones de desocupados en la OECD, reconcentrar ingresos, desmantelar programas sociales, privatizar el acero y el petróleo, el agua y la electricidad, las escuelas, los hospitales y hasta las cárceles- pudo ser posible y a un bajísimo costo político para los gobiernos que se empeñaron en dicha empresa. La "locura" de pretender acabar con el desempleo, redistribuir ingresos, recuperar el control social de los principales procesos productivos, profundizar la democracia y afianzar la justicia social no es más irreal y "utópica" que la que, en su momento, encarnó la propuesta neoliberal de von Hayek y Friedman. Su triunfo demuestra la "insoportable levedad" de las instituciones aparentemente más consolidadas y de las correlaciones de fuerza supuestamente más estables y arraigadas. ¿O es que habremos de creer que, con el triunfo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado, la historia ha efectivamente llegado a su fin?Debemos, en consecuencia, ser concientes de que un proyecto socialista, pensado de cara al siglo XXI, también es posible y que no es más utópico que el que prohijaron los neoliberales en los años de la posguerra. Ellos perseveraron y triunfaron. Si la izquierda persevera y tiene la audacia de someter a revisión sus premisas y sus teorías, su agenda y su proyecto político -tal cual lo hicieran Marx y Engels desde 1845 en adelante- también ella podrá saborear las mieles del triunfo y el más noble sueño de la humanidad podrá comenzar a cumplirse antes de lo sospechado. Una curiosa coincidencia nos permite rematar este argumento acerca del "realismo" de las utopías. Curiosa, porque se produce entre dos intelectuales que difícilmente podrían estar más enfrentados entre sí: Max Weber y Rosa Luxemburgo. Recordemos que el primero, con su habitual mezcla de desprecio e irritación por los socialistas, llegó al extremo de afirmar, según lo atestigua uno de sus más importantes estudiosos, que "Liebknecth debía estar en un manicomio y Rosa Luxemburgo en un zoológico." En 1919, y en dura lucha contra el pesimismo y la desilusión que cundían en una Alemania derrotada y desmoralizada, Max Weber tuvo ocasión de reflexionar, probablemente sin advertirlo, sobre el papel de las utopías. Como sabemos, si había un tema muy ajeno a sus premisas epistemológicas -fundadas sobre una rígida separación entre el universo del ser y el de los valores- era precisamente la cuestión de las utopías. Sin embargo, en "La Política como Vocación" escribió unas líneas notables en donde reconocía que "en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez", y exhortaba al mismo tiempo a soportar con audacia y lucidez la destrucción de todas las esperanzas -y, diríamos nosotros, de todas las utopías- porque, de lo contrario, "seremos incapaces de realizar incluso aquello que hoy es posible". Una reflexión no menos aguda había formulado -pocos meses antes, y en el mismo país- Rosa Luxemburgo. En vísperas de su detención y posterior asesinato, y avizorando con su penetrante mirada el ominoso futuro que se cernía sobre Alemania y la joven república soviética, la revolucionaria polaca decía que "cuanto más negra es la noche, más brillan las estrellas". Lejos de extinguirse, la necesidad del socialismo se acentúa ante la densa oscuridad que el predominio del capitalismo salvaje arroja sobre nuestras sociedades. Palabras hermanadas aquéllas, de dos brillantísimos intelectuales que en grados diversos coincidieron, sin embargo, en no renunciar a sus esperanzas y en negarse a capitular -Weber ante "la jaula de hierro" de la racionalidad formal del mundo moderno, Rosa ante el capitalismo y todas sus secuelas. Sus palabras sugieren una actitud fundamental que no deberían abandonar quienes no se resignan ante un orden social intrínseca e insanablemente injusto como el capitalismo y que, pese a todo, siguen creyendo que todavía es posible construir una sociedad mejor.
*Atilio Boron, aboron@ecoportal.net, Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales CLACSO
Etiquetas:
Atilio Botón,
capitalismo,
ideología,
libre mercado,
mercado,
neoliberalismo,
sentido común,
utopía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
ETIQUETAS
- "Conquista del Desierto"... (2)
- Adolfo Sánchez Vázquez (2)
- america latina (1)
- América Latina (1)
- Atilio Botón (1)
- Bauman (1)
- capitalismo (4)
- cárceles (1)
- Carlos Vilas (1)
- ciencias sociales (1)
- civilización (1)
- clase dominante (1)
- conquista de América (1)
- coyuntura (1)
- criminalización de la miseria (1)
- crisis (1)
- crisis de dominación (1)
- crisis del Estado-Nación (1)
- cultura (1)
- David Harvey (2)
- democracia (2)
- derecho (1)
- dictadura (2)
- dictaduras militares (2)
- dominación de clase (1)
- epistemología (1)
- Estado argentino (1)
- Estado Burocrático Autoritario (2)
- Estado capitalista (1)
- Estado de Bienestar (1)
- Estado penal (1)
- Estado Penitencia (1)
- Estado-Nación (1)
- exterminio (1)
- flexibilización laboral (1)
- François Chesnais (1)
- generación del '80 (1)
- genocidio (2)
- globalización (1)
- Gral. Roca (1)
- guerra (1)
- Guillermo O' Donnell (2)
- holocausto (1)
- I. Wallerstein (1)
- ideología (4)
- ideologías (1)
- indigenismo (1)
- indoamericanismo (1)
- industria cultural (1)
- inseguridad (1)
- irracionalidad del capitalismo (1)
- legitimación (1)
- libre mercado (1)
- lucha de clases (1)
- marxismo (3)
- medio ambiente (1)
- mercado (2)
- milgram (1)
- modernidad (1)
- mundialización (1)
- mundo del trabajo (1)
- neoliberalismo (7)
- neopopulismo (1)
- neutralidad valorativa (1)
- Norberto Bobbio (1)
- obediencia (1)
- Pashukanis (1)
- Perry Anderson (2)
- pobreza (1)
- poder (1)
- populismo (1)
- precarización (1)
- R.M. Marini (1)
- racismo (1)
- reestructuración (1)
- santucho (1)
- sentido común (1)
- sistema capitalista internacional (1)
- sistema carcelario (1)
- sistema mundial (1)
- sistema penal (1)
- sociedad del riesgo global (1)
- Stanley Milgram (1)
- sumisión a la autoridad (1)
- superestructura jurídica (1)
- T. Dos Santos (1)
- teoria de la dependencia (1)
- teoría del sistema mundo (1)
- tolerancia cero (1)
- Ulrich Beck (1)
- utilitarismo (1)
- utopía (1)
- Zygmunt Bauman (2)
